Viernes, nueve menos cuarto. Una pareja acaba de aparcar y decide dónde cenar. No se lo pregunta a nadie: abre el móvil. Tu restaurante sale, tocan «Menú» y se abre un PDF que tienen que ampliar, girar y volver a ampliar. A los veinte segundos vuelven atrás y tocan el de abajo. No los has perdido por la cocina ni por el precio. Los has perdido por veinte segundos.
Por qué el PDF no funciona en el móvil
Un PDF está hecho para imprimirse en un A4. La pantalla donde lo mira tu clientela tiene seis pulgadas, y lo que llega a ella es la hoja entera reducida hasta que la letra deja de leerse. Para ver un plato hay que ampliar; para ver el siguiente, moverse otra vez por la hoja. Cada gesto es una ocasión de irse, y el de abajo está a un toque.
Hay una segunda parte que no se ve y que hace más daño a la larga. Google no lee un PDF como lee una página web. Tus platos están ahí, pero no cuentan como texto de tu web. Si alguien busca «canelón de asado en Puigcerdà» y tú lo haces, no sales. La carta que te costó una tarde de trabajo no existe para quien podría encontrarte.
Esa misma carta escrita como página web se abre al instante, se lee sin ampliar, se cambia en dos minutos cuando sube el precio del pescado y la leen los buscadores. Es la misma información servida de otra manera, y no hace falta rehacer la web entera para tenerla.
Compruébalo tú ahora, con tu móvil
No hace falta que te creas nada de lo que está escrito aquí. Coge el teléfono y haz estas cuatro cosas. Se tarda cinco minutos y las puedes hacer entre servicio y servicio.
- Abre Google y busca tu restaurante por el nombre. Mira el horario que sale. ¿Es el de verdad? ¿Y el del día que cierras?
- Toca «Menú». Cuenta los segundos que pasan hasta que puedes leer un plato entero sin ampliar la pantalla.
- Mira la última foto publicada. ¿De qué año es? ¿Sigues sirviendo eso, y el comedor sigue siendo así?
- Busca «restaurante» y el nombre de tu pueblo, sin poner el tuyo. ¿En qué puesto sales?
El resultado de esas cuatro pruebas es lo que ve cada día alguien que no ha entrado nunca por tu puerta. Si alguna te ha salido mal ya sabes por dónde empezar, y tres de las cuatro se arreglan sin tocar la web.
El horario es lo que más daño te hace
El PDF es el título de este artículo, pero si tuviéramos que elegir una sola cosa para arreglar hoy, sería el horario.
Un horario equivocado en Google no es solo una mesa perdida. Es gente que coge el coche, llega y se encuentra la puerta cerrada. Algunos volverán otra noche. Unos cuantos dejarán una reseña contando que fueron y estaba cerrado, y esa reseña la leerán los que vengan después. Google también lo apunta: cuando mucha gente abre una ficha y acaba yendo a otro sitio, la señal que recibe no te favorece, y el puesto que ocupas en las búsquedas tiene que ver con eso.
Y pasa al revés, que es todavía peor porque no se nota. El día de fiesta local abres, la ficha dice que cierras, y viene menos gente de la que habría venido. Nadie te llama para decirte que no ha venido, así que esa cena no aparece en ningún sitio: ni en la caja, ni en las reseñas, ni en ninguna explicación.
Un restaurante de la Cerdanya cambia de horario cuatro veces al año como mínimo: la temporada de esquí, los puentes de primavera, agosto y el cierre de otoño. La ficha de Google, en cambio, suele quedarse en enero.
Qué pasa en noviembre y en mayo
Aquí el año no es plano. Hay dos picos, Navidad y agosto, y dos valles, noviembre y mayo. Quien hace webs desde fuera no acaba de entenderlo y escribe la misma web para los doce meses.
En la práctica, un restaurante que solo habla cuando hay turistas tiene medio año de silencio. Y mientras tanto, en el valle vive la gente que está siempre: unas dieciocho mil personas que comen entre semana, celebran cumpleaños en noviembre, hacen cenas de empresa en diciembre y buscan dónde hacer la comunión en mayo. No leen tu web porque tu web no les dice nada a ellos.
No hace falta mucho para cambiarlo. Que el menú del mediodía salga en la portada y tenga precio. Que se vea que abres entre semana. Que cuando cierras por vacaciones lo digas, con la fecha de vuelta al lado. Que el mismo día que cambias la carta de otoño cambies también las fotos. Son cinco minutos al mes de trabajo real, siempre que la web esté hecha para que los puedas hacer tú.
Quizá no te haga falta una web
Lo decimos sabiendo lo que nos jugamos, porque de hacer webs vivimos. Si tienes un local, una carta que cambia cada temporada y el fin de semana lleno, quizá no te haga falta una web de mil euros. Lo que te hace falta es la ficha de Google bien hecha y enlazada, la carta legible en el móvil y las fotos de este año. Punto.
Una web empieza a hacer falta el día que quieras reservas directas y dejar de pagar comisión por cada mesa, el día que abras un segundo local o una barra aparte, o el día que te canses de rehacer el PDF cada vez que cambias dos platos. Hasta entonces, arreglar lo que ya tienes cuesta menos y rinde más: es el mantenimiento web, y es la mitad del trabajo que hacemos.
Si nos llamas y lo que te conviene es eso, te lo diremos igual, aunque sea la factura pequeña.
Qué cuesta arreglarlo
Las cifras, que es lo que más cuesta encontrar cuando buscas quien te haga la web:
- Ficha de Google configurada y enlazada con la web: dentro del precio de la web.
- Mantenimiento: desde 85 € al mes, sin permanencia.
- Web de presencia, un idioma: entre 600 y 900 €, pago único.
- Web de negocio con carta multiidioma: entre 900 y 1.600 €.
- Plazo: entre tres y cuatro semanas desde que tenemos los textos y las fotos.
- Pago: la mitad al empezar y la otra mitad al publicar.
Sin permanencia quiere decir lo que parece: el mes que no te parezca que vale la pena, lo dejas. El resto está explicado en la página de diseño web, con lo que entra en cada precio.
Pasamos a verte
Nos acercamos al restaurante una mañana, que es cuando puedes sentarte cinco minutos. Alp, Bellver, Das, Ger, Bolvir, Llívia, donde estés. Hacemos las cuatro comprobaciones de arriba con tu móvil y delante de ti, y te decimos qué vale la pena tocar y qué no. La visita no la cobramos, y si no hay que hacer nada, te lo decimos allí mismo.